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Luchó 23 horas contra la muerte: el cirujano que desafió lo imposible y cambió el destino de la medicina de su país

En 1987, el fotógrafo James L. Stanfield capturó la imagen que fue elegida como una de las más importantes en la historia de National Geographic

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Hace casi cuatro décadas se tomó una de las fotografías más icónicas de la historia de la medicina. En la imagen, un cirujano evidentemente extenuado vigila los monitores que reflejan los signos vitales de su paciente que yace inmóvil a su lado, sobre una camilla, cubierto de cables.

Detrás, otro médico duerme en el suelo vencido por el agotamiento. Después de 23 horas de ardua batalla contra la muerte habían logrado “lo imposible”.

La imagen hizo historia. National Geographic la reconoció como “La mejor fotografía de 1987″. Aún hoy es considerada una de las instantáneas médicas más impactantes. Marcó un antes y un después en la historia de los trasplantes de corazón.

El primer trasplante de corazón

Durante siglos, la idea de reemplazar un órgano enfermo por uno sano se asimilaba más a un sueño que a una posibilidad. Sin embargo, a lo largo del tiempo, el deseo de desafiar los límites impulsó a los médicos a intentarlo. Los primeros trasplantes comenzaron a practicarse a principios del siglo XX.

Fue en el horror de la Primera y la Segunda Guerra Mundial donde la medicina dio un paso crucial. En los campos de batalla, entre cuerpos destrozados y vidas al filo de la muerte, los cirujanos perfeccionaron los trasplantes de piel para salvar a soldados gravemente heridos.

Pero la gran revolución llegó en 1954, cuando el médico estadounidense Joseph Murray logró lo impensado: el primer trasplante exitoso de un órgano en humanos. Fue un riñón trasplantado entre gemelos idénticos. El sistema inmunológico no lo rechazó ya que compartían el mismo código genético, y la operación confirmó lo que hasta entonces era solo una teoría: los trasplantes eran posibles.

Sin embargo, para los pacientes sin un donante genéticamente compatible, el rechazo inmunológico seguía siendo un obstáculo insalvable. Y cuando se trataba del corazón, el desafío era aún mayor.

Pasaron más de diez años hasta que, en 1967, el cirujano sudafricano Christiaan Barnard dio el paso siguiente. En una sala de operaciones de Ciudad del Cabo, realizó el primer trasplante de corazón exitoso. Pero la victoria fue efímera: el receptor, Louis Washkansky, sobrevivió solo 18 días antes de sucumbir ante una neumonía causada por la debilitación extrema de su sistema inmunológico.

El 3 de diciembre de 1967, el cirujano sudafricano Christiaan Barnard realizó el primer trasplante de corazón humano. 

A pesar del resultado, el mundo había sido testigo de un milagro médico, pero la ciencia aún no contaba con las herramientas para sostenerlo. En los años siguientes, cirujanos de distintos países intentaron replicar la hazaña, pero una y otra vez, el mismo enemigo aparecía: el rechazo inmunológico.

El cuerpo atacaba el órgano nuevo como si fuera una amenaza y los pacientes que lograban sobrevivir a la operación morían poco tiempo después. Fue cuando el entusiasmo inicial se apagó. Los hospitales dejaron de realizar trasplantes y el procedimiento fue considerado, en muchos círculos médicos, una apuesta condenada al fracaso.

Sin embargo unos pocos se negaron a rendirse. Un puñado de cirujanos continuaron investigando convencidos de que la clave para la supervivencia no estaba en la cirugía misma, sino en encontrar una forma de domar al sistema inmunológico. En 1980, la esperanza resurgió con un nombre: ciclosporina.

Un fármaco marcó un antes y un después, permitiendo reducir drásticamente la posibilidad de rechazo del órgano. Por primera vez, los trasplantes dejaron de ser un experimento para convertirse en una posibilidad real de salvar vidas.

La era de los trasplantes estaba a punto de comenzar. Y en un rincón de Polonia un cirujano, Zbigniew Religa, desafió la historia.

La maldición: el corazón prohibido

El legado de Christiaan Barnard, pionero en el trasplante de corazón, inspiraba a médicos de todo el mundo. Sin embargo, no todos los países estaban en igualdad de condiciones para seguir su ejemplo. Detrás de la Cortina de Hierro, bajo la sombra de la Unión Soviética, la mayoría de los países de Europa del Este carecían de libertad pero tambièn de los recursos necesarios para realizar procedimientos médicos de tal envergadura.

En Polonia, el intento más audaz hasta entonces había ocurrido en 1968. Un médico, convencido de que tenía los conocimientos y la tecnología suficientes, decidió desafiar los límites de la medicina y realizar un trasplante de corazón. Pero el destino le fue adverso: la operación fracasó, y lejos de recibir apoyo, fue señalado y acusado de experimentar con sus pacientes. Su carrera quedó destruida.

Rápidamente, la historia de aquel fracaso se convirtió en una advertencia funesta, una maldición no escrita: quien se atreviera a tocar un corazón humano en Polonia estaba condenado. Fue así como el miedo se impuso al avance y el silencio se hizo ley. Incluso el Ministerio de Salud de la Unión Soviética prohibió oficialmente los trasplantes de corazón, transformando el tema en un tabú absoluto.

Y así habría permanecido, sepultado bajo el peso del temor y la represión, si no fuera porque un hombre se atrevió a desafiarlo todo. Zbigniew Religa, un cirujano polaco visionario que decidió que el tiempo de los miedos debía llegar a su fin.

Zbigniew Religa

Religa estaba cansado de ver morir a sus pacientes, sabiendo que la medicina tenía las respuestas para salvarlos. No era solo una teoría: él mismo lo había presenciado durante su estancia en Estados Unidos donde se especializó en cirugía cardíaca. Allí conoció los avances de la cirugía de trasplantes, un campo que era inaccesible en su país.

Fue por eso que cuando regresó a Varsovia, intentó abrir camino. Habló con el jefe del hospital, pero se topó con un muro de burocracia impenetrable. No le permitirían llevar a cabo un trasplante. Así que tomó una decisión de dejar a su familia en Varsovia y trasladarse a la Clínica de Zabrze, en el sur de Polonia. No era un destino ideal. La ciudad, ubicada en un distrito industrial, era sucia pero tenía algo crucial: era poco supervisada por el régimen comunista.

En su trato, Religa era un hombre excepcionalmente abierto. Escuchaba con atención las ideas de los médicos más jóvenes, algo poco común en una época donde la jerarquía imponía silencios. Con sus pacientes, iba más allá de los protocolos fríos y distantes: los trataba con cercanía, con humanidad y la convicción de que cada vida merecía un esfuerzo absoluto.

Pero si algo definía Religa era su inquebrantable determinación. Para él rendirse no era una opción. Vivía para su trabajo. Ser médico era para él más que una profesión, un compromiso con la vida. Sentía que si tenía el conocimiento y la habilidad tenía el deber de desafiar lo imposible para salvar vidas.

Con esa certeza, tomó el teléfono y llamó a los hospitales de la zona con un mensaje claro: ”Si tienen un paciente con muerte cerebral, entréguenme su corazón. No para abandonarlo, sino para darle a otro una segunda oportunidad”. La respuesta del otro lado fue tajante: “No”.

Sin el respaldo del sistema de salud, decidió recurrir a otros métodos menos convencionales: experimentó con corazones de animales, como cerdos y monos, a pacientes terminales (que ya no tenían otra opción) para estudiar la viabilidad de los procedimientos.

El día que cambió todo

El 5 de noviembre de 1985, de la manera menos pensada, apareció la posibilidad de hacer un trasplante de corazón humano. El donante era un joven que había llegado al hospital tras sufrir un accidente de moto y el receptor era un granjero de 60 años. Religa sacó el corazón viejo y colocó en su lugar el corazón joven. Luego se dedicó a conectar minuciosamente todas las válvulas. Tardó una hora en hacerlo. Cuando lo logró, aplicó el desfibrilador... y el corazón comenzó a latir en su nuevo cuerpo.

Sin embargo, el paciente empezó a perder mucha sangre y no contaban con la suficiente para transfundirlo. La radio de Polonia anunció lo que estaba sucediendo en el hospital y pidió donantes de sangre a la población. La reacción fue inmediata: cientos de personas se acercaron al hospital para donar sangre. La noticia conmocionó a todo el país. Los medios se acercaron al lugar para cubrir el suceso.

Aunque el paciente logró salir del quirófano, desafortunadamente hubo complicaciones y no vivió más de seis días. Un problema en el hígado no diagnosticado que le provocó una hemorragia interna que su cuerpo no soportó. A pesar del resultado, Religa no se detuvo.

Había logrado su objetivo: demostró que los trasplantes de corazón eran viables. Luego, realizó otras intervenciones y perfeccionó su técnica hasta que en 1987, cuando se tomó la fotografía icónica.

Religa se pone la ropa quirúrgica antes de la operación. 

El paciente Tadeusz Żytkiewicz tenía 62 años y padecía insuficiencia cardíaca terminal. Su cirugía, realizada por Religa y su equipo en la Clínica de Zabrze, duró 23 horas. Ese día, se encontraba en el lugar James L. Stanfield, fotógrafo de National Geographic.

Había viajado a Polonia para registrar con su cámara la precariedad del sistema sanitario polaco, golpeado por la crisis económica que asfixiaba al régimen comunista en la década de 1980. Sin embargo, en su recorrida por los hospitales, capturó la imagen que se convertiría en un testimonio visual de la determinación, el sacrificio y la lucha contra lo imposible.

En 1987, mientras documentaba el sistema de salud público de Polonia, que para entonces se encontraba en una profunda crisis, James Stanfield capturó esta impactante imagen.

Żytkiewicz, a diferencia de otros pacientes, vivió 30 años más después de la operación, lo que convirtió al trasplante en un éxito médico rotundo. Tiempo después, en una entrevista, dijo que estaba agradecido con Religa por haberle dado “una segunda vida”. Murió en 2017.

La fotografía disparó la fama de Religa en todo el mundo. En Polonia comenzaron a llamarlo, simplemente, “el salvador”.

Religa falleció el 13 de marzo de 2009 a causa de un cáncer de pulmón. El fotógrafo que capturó la imagen histórica y su paciente estuvieron presentes en el funeral. Żytkiewicz, ya con 88 años, sostuvo la fotografía de aquel día en sus manos durante toda la ceremonia como un silencioso homenaje al hombre que le había dado una segunda vida.

Cinco años después, el legado de Religa cobró vida en “Dioses” (Bogowie, 2014), una película que retrata su lucha, en la Polonia comunista de los años 80, contra la burocracia, la escasez y la incredulidad de sus propios colegas. La historia de un médico que desafió lo imposible… y ganó.

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