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Arqueología laboral

Otros que pasaron a mejor vida: el fax, la máquina de escribir, y también el papel.

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Arqueología laboral

Joya de Cerén (JDC) es un descubrimiento único en Mesoamérica pues nos permite conocer cómo vivían nuestros antepasados Pipiles hace 1,400 años. Resulta que la villa Nahuatparlante fue descubierta casi intacta gracias a que fue sepultada, en plena vida, por cenizas volcánicas. La Pompeya de América, le mentan, aunque no es tan perversa. Los arqueólogos babean al profundizar en sus entrañas.

El arqueólogo en mí despertó durante un reciente rendez-vous en la oficina, al recordar cómo trabajábamos hace apenas 3 años. ¡Qué paloma cómo le diste vuelta a todo, Covido!

Entrar a una oficina sin empleados, al igual que a JDC, es entrar a una cápsula del tiempo, algo así como arqueología laboral.

Empecemos por los cabezones; los de oficinas (y cheles bocones) privadas. Vacío, todo aquello. Siguen los no tan cabezones: cubículos, sin baño, más amplios que los cortados con molde de galleta para todos los demás.

¡Cuántos teléfonos! Sus botones sin encender, su chicharra sin cantar, su cable sin desenredar. Vencidos por el celular que nos permite Wasapear, Zoomear, contestar correos, escanear, tomar y enviar fotos y videos, grabar notas de voz... además de hablar. Leí en The Economist que solo el 15 % de gringos, entre 25 y 34, utiliza un teléfono fijo; de los que solo permiten hablar.

También acumulando polvo, las bandejas de entrada y salida; el Inbox del pasado, torrente sanguíneo del negocio. Por ahí, el clásico sobre DE y PARA, con nombres tachados con plumón.

Sigue la arqueología laboral en la sala de juntas. ¡Cuántas ideas surgieron aquí! En una esquina, un rotafolio con sus páginas amarillentas, y su plumón seco. Cómo odiaba intentar dibujar una gráfica entendible con mano de zurdo; mucho mejor en PPT.

En el centro de la mesa, maravilla en su momento: el teléfono con altavoz. Pobrecito; pasó a mejor vida (al igual que el cenicero) pues ahora, gracias a Zoom y a Teams, nos vemos las caras al hablar.

Otros que pasaron a mejor vida: el fax, la máquina de escribir, y también el papel. La fotocopiadora, casi del tamaño de un VW, se requería maestría para dominar. Echando la hueva, la trituradora de papel, destructora de evidencias, información secreta. Igual de zánganos el escáner, la guillotina, las engrapadoras.

Sí que le diste vuelta a todo, Covido, pero te lo agradezco. El trabajo remoto bien enfocado, al menos a mí, me hace más productivo. Además, estoy ganando la vida que perdía en trabazón, y tengo mi propio baño y cocina; lo máximo las reuniones virtuales, decente de la cintura para arriba, chores y chancletas para abajo. Son el ying.

El yang son las reuniones presenciales, rasurado y tipería como antes; la clave es alcanzar el balance entre el ying y el yang, el cenit de la productividad.

Es tiempo que las brochas y los serruchos actualicen nuestro modus laborandi: escritorios de uso común (hot desking le mentan), salas de reuniones bien iluminadas, cómodas con toque futurista, internet to the max, las TV con la última resolución, "y tan cholas como la que me vua comprar pal Mundial", exige la lorita Pepita. Asesórese en creare_sv.

Serruchos para que todo mundo se conecte, cargue su cel; salas para pensar, terrazas para fumar, amplia cocina, con buen café, y si alcanza el presupuesto, baños para ellas y para ellos (con duchas para los fit, si no es mucho pedir), parqueos de bicicleta y cargadores para autos eléctricos. El BAC ya los está instalando.

Todos a abrazar el cambio, a dar lo máximo de nuestro potencial, a sacarle el jugo a la tecnología en estos momentos fascinantes en que vivimos.

¡Importante! Ya puede quitar los rótulos de mascarilla obligatoria, meter a la bodega los dispensadores de Alco gel (que les hagan compañía a las máquinas de escribir, los faxes, el teléfono con altavoz, los ceniceros y los rotafolios). También ya puede reciclar los termómetros y las palanganas para echarle veneno a las suelas de nuestros ADOC.

"¡Te ganamos la batalla, Covid!" Dios tioiga, lorita.

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